«Lo siguen brincando, hacen agujeros, pero los inmigrantes siguen pasando y lo seguirán haciendo, nada los para, ni la altura, pese a los riesgos», comenta.

a frontera entre Estados Unidos y México esté ubicada en la pequeña ciudad de Calexico, en California, pero esta parece desaparecer cuando los inmigrantes se reúnen con sus familiares para celebrar estas fechas decembrinas.
Desde que comenzaron las celebraciones navideñas se aprecia un mayor tránsito de migrantes que se acercan a los barrotes de acero reforzados con mallas para pasar un rato con sus parientes que se encuentran al otro lado del muro por las medidas migratorias del Gobierno de EE.UU.
«Tengo como diez años que no los veo», dice a Efe Claudio Cesma mientras señala a sus familiares con una sonrisa medio oculta por su bigote y barba poblada.
Cesma, quien vive en la cercana ciudad de Brawley, en California, llegó hasta Calexico para ver a unos familiares que lo esperan en Mexicali (México).
«¿Cómo estás, dónde dejaste a la ‘Chole’?, le dice desde el lado mexicano Rubén Uruchurtu y su sobrino José Armando Rivero le pregunta: «¿Qué onda contigo?»
Son conversaciones a menudo intrascendentes, casi del día a día que se pueden tener por teléfono, pero de esta forma se pueden ver las caras, aunque sea a medias, debido a la barda.
Pero las hay mucho más duras, como la de Guadalupe Ozuna, quien llega minutos después.
Su rostro se ve cansado, reflejo del dolor que arrastra por haber perdido a un hijo un mes después de que EE.UU. lo deportara a Mexicali.
Desde entonces, cada quince días y desde hace seis años, acude al muro fronterizo para encontrarse con su hija Darisela, que vive en México.
«Me siento tan triste de no poderle dar un abrazo. Antes vivía en San Francisco, pero desde que mataron a mi hijo me vine a vivir a Brawley para poder estar más cerca de la frontera y de mi hija. Y en estas fechas procuro buscarla más», comenta a Efe.
En octubre pasado, los equipos de construcción terminaron de reemplazar en Calexico los 3,6 kilómetros de cerca de barrotes de acero tipo bolardo.
Fue el primer proyecto de reemplazo importante en la frontera de EE.UU. y México que se completó ya con Donald Trump en la Presidencia.
Con la renovación, esta sección se convirtió en la barrera fronteriza más alta a lo largo del sur de Estados Unidos, con 30 pies (9,1 metros) de altura, según la Jefe de la Patrulla Fronteriza del Sector Centro, Gloria Chávez.
Pero ese muro no parece amedrentar a los inmigrantes. El director de la organización mexicana Ángeles Sin Fronteras, Sergio Tamai, indica a Efe que siguen cruzando la barrera metálica pese a la altura y los riesgos que esto representa.
«Lo siguen brincando, hacen agujeros, pero los inmigrantes siguen pasando y lo seguirán haciendo, nada los para, ni la altura, pese a los riesgos», comenta.
Sin embargo, hay quienes no buscan cruzar el muro metálico que se presume infranqueable, y solo se aproximan a sus límites para conversar con sus familiares.
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