Doña Teresa Báez considera el celo “es una enfermedad mala”



  • Doña Teresa Báez considera el celo “es una enfermedad mala”
    Doña Teresa Báez es sujetada por su hijo Roberto en la pequeña sala de su casa, quien se mudó con ella desde hace 11 años, después que tuvo una caída que le provocó lesiones. Él se ocupa de atenderla y prepararle comida, con la asistencia de Maira, otra hija que vive cerca. ADRIANO ROSARIO /LISTÍN DIARIO.
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Wanda Méndez
wanda.mendez@listindiario.com

Santo Domingo, RD

Por un exceso de celos, doña Teresa Báez, quien el 3 de octubre cumplió 105 años, se separó del padre de sus primeros 5 hijos después que se cansó de que la vigilara por todos lados.  
“Se subía en los palos, yo creía que él estaba trabajando y estaba subido en un palo de jojobán”, contó durante una entrevista en su humilde vivienda, ubicada en un callejón de Cristo Rey del Distrito Nacional.
Relató que en ese tiempo no trabajaba porque su marido la mantenía, pero expresó que solo quería que ella estuviera en la casa, y le prohibía salir y recibir amistades.
“Era celoso. El celo es una enfermedad mala, es como el diantre que se le mete;  lo malo, una ira mala, eso no es de Dios, y hasta golpe le ofrecen a uno”, expresó, mientras doblaba un pañuelo.
Precisó que nunca se dejó maltratar y prefirió apartarse, por lo que aconseja a las mujeres no permanecer con un hombre celoso.
Más tarde, volvió a casarse, procreando otros 9 hijos.  
En esta oportunidad, subraya, encontró un hombre bueno, que “no era de nada”.  Sin embargo, también se separaron. Esta vez, porque se negó a mudarse a la capital con ella. “Me decía que en la capital matan gente, que para eso mejor se iba a Elías Piña (provincia fronteriza), narró.  
Decidió no volverse a casar y terminar de criar a sus hijos sola con los ingresos que obtenía como doméstica, lavando y planchando.  Y después, recibió el apoyo de los hijos más adultos, que ya también trabajaban.
Doña Teresa es nativa de Yabonico, San Juan de la Maguana, al Sur del país. Trabajaba en conucos, batiendo habichuelas, limpiando guandules y otras labores del campo. Más tarde, se trasladó a la capital a casa de una hija y se dedicó a lavar y planchar en casas de familia. El pago, según dice, era “dos o tres cheles”, pero estimó que en ese tiempo era mucho dinero, porque había mucha comida y era barata.   
Sobre el secreto de su longevidad, no identifica un factor, porque dice: “Dios es el que sabe por qué he llegado a esta edad”, sobre todo porque su vida ha sido de sacrificios  y sufrimientos.
De 14 hijos, 11 ya murieron, cinco recién nacidos.   
“Tantos problemas he tenido, que he estado volviéndome loca, ver un hijo que sale y verlo que lo traen muerto”, manifestó, al referirse a un hijo que falleció en un accidente de tránsito.
Sostuvo que algunas noches se pone a pensar y se le va el sueño. “Esto es para uno morirse”, cree. Por eso, se encomienda a Dios para que determine cuánto durará. “No sé todavía hasta cuánto voy a durar, Dios es el que sabe. Yo no hago nada sin Dios”. Dice que nunca ha hecho  una maldad.
En su juventud, le gustaba bailar y cantar. No tomaba alcohol. Lo que sí hacía era fumar mucho. Antes de casarse, se escondía a fumar “pachuché” en los montes.
“Fumaba cigarrillos como una murciélaga. Fumaba de todo”. Luego lo dejó.
Ahora ya se mantiene más acostada. “A veces me dan mareos, por eso no camino mucho”, dice.  Le gusta ver televisión, pero la pequeña que hay en la casa casi no sirve.
Tiene problemas de presión arterial y a veces se marea, según comentó. Su lucidez es impresionante, pero oye poco. Cuando se levanta, lo primero que hace es orar. Ora cada día para dar gracias a Dios y hacerle alguna petición. “Yo nada más le pido a Dios que me ayude para poder pararme, que me quite la dolama. Y él me oye”, asegura.  
Cuando le pregunté qué desea, respondió: “Lo que quiero es tener cuarto para comprar lo que necesito”.
CONDICIÓN
Precariedades Vive en precarias condiciones, en la calle Respaldo 35, parte atrás, en el sector Cristo Rey, del Distrito Nacional, junto a su hijo Roberto.
Se mantienen con una “pensioncita” de 8,000 pesos que recibe su hijo, más una tarjeta del gobierno de poco más de 1,000. Come “lo que aparezca”, sobre todo arroz y habichuela. “Cuando aparece, uno come bien, ya yo no estoy de apetito”, acotó.
La casita solo tiene una pequeña habitación y una salita donde también está la cocina con los pocos ajuares deteriorados. Todavía hacen sus necesidades en una letrina, fuera de la casa.

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