EE.UU, ser el país de la región y del mun­do con el mayor foco de con­tagios y muertes producto del coronavirus, con más de 1,100.000 de personas infec­tadas y 63,746

Haití: Acorralado entre hambruna y la pandemia CARLOS R. ALTUNA TEZANOS Santo Domingo, RD El continente americano entra en su segundo mes en guerra, sitiado por un enemigo tenaz que arremete sigilosamente y se propaga rá­pidamente por todos los países de la región, sin mostrar pie­dad ni distinción por el poder económico, social, político o militar que tenga cada nación: la pandemia del coronavirus COVID-19. Y es así, cuando vemos una potencia como EE.UU, ser el país de la región y del mun­do con el mayor foco de con­tagios y muertes producto del coronavirus, con más de 1,100.000 de personas infec­tadas y 63,746 fallecimientos. Que como paradojas de la vi­da, este enemigo invisible esta haciendo estragos en su pobla­ción dentro de su propio terri­torio, superando la mortandad ocurrida durante las dos déca­das de la Guerra de Vietnam (1954-1975), donde murie­ron 58,200 soldados estado­unidenses. Al contemplar Latinoaméri­ca en su conjunto, advertimos como ciertos países, entre estos Venezuela, Bolivia y Haití, cada uno por diferentes razones, su­fren los efectos de vulnerabili­dades profundas en sus econo­mías. Países con poblaciones de muy bajos ingresos y enor­mes dependencias de la impor­tación de alimentos y con alta prevalencia de subnutrición, como lo revelara recientemen­te un estudio del Instituto In­teramericano de Cooperación para la Agricultura de Costa Ri­ca. Investigación respalda­da por la FAO, que manifiesta una clara preocupación sobre el hambre en América Latina y el Caribe, implorando “no des­atender la lucha contra el ham­bre y no subir los precios de los alimentos” durante la pande­mia. Bajo estas primicias pre­tendo enfocarme en la situa­ción muy particular con que esta mortífera pandemia arre­mete a la infortunada Repúbli­ca de Haití, que luego del terre­moto del 2010 el destino parece ensañarse en su contra, siendo agobiado históricamente por cólera, dengue, huracanes, falta de agua, pobreza, insalubridad, desnutrición, violencia, inestabi­lidad política, corrupción e inse­guridad, entre otras situaciones negativas. Hoy desgraciada­mente, Haití enfrenta un nuevo y peligroso desafío, desconocido para ellos y el mundo. Los hechos demuestran que ninguna nación estaba prepara­da para enfrentar a este enemi­go. En el caso de Haití, además de esta enfermedad, hace tiem­po que la hambruna lo fustiga. En diciembre del 2019, el Pro­grama Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA) advertía que uno de cada tres haitianos demandaba “asisten­cia alimentaria urgente” y casi un millón padecía de “hambre severa”. Según la FAO y OMS, el 40% de su población ya padece de in­seguridad alimentaria y apenas 31% tiene acceso a la atención médica, lo que hace prever que, en estas circunstancias a medida que se trate de contener la pan­demia, simultáneamente incre­mentará aún más la inseguridad alimentaria, vislumbrándose un devastador impacto socioeco­nómico y un futuro nefasto. El 19 de marzo se confirmó el pri­mer caso de COVID-19 en Hai­tí, aunque los números de con­tagios son alentadores, ya que hasta ahora se han registrado 81 contagios, 8 muertes y 642 ca­sos sospechosos. Estas dos calamidades com­binadas –Crisis Alimentaria y COVID-19–multiplican expo­nencialmente las consecuen­cias sanitarias de este empobre­cido país, aunque el PMA alertó a las grandes potencias para que asumieran un compromiso de solidaridad, nadie acató el lla­mado, y pretender dejar solo a República Dominicana en estos momentos que hace de tripas a corazón para enfrentar el coro­navirus, sería un acto de barba­rie de una comunidad interna­cional indolente e inhumana. Compartimos una misma is­la, y nuestro país resultó ser el primero afectado por esta pan­demia, declarando el gobierno Estado de Emergencia Nacio­nal, suspendiendo todo tipo de actividad comercial y cerrando sus fronteras, lo que conllevó a la pérdida o suspensión de cien­tos de miles de puestos labora­les, realidad que no eludió a los haitianos que viven de mane­ra legal o ilegal en el país. Esta nueva realidad generó a estos ciudadanos ciertas condiciones de vida muy difíciles, forzando a miles a retornar “voluntaria­mente” a su país de origen, al quedarse desempleados como en otras partes del mundo. Esta situación agrava más el escena­rio de Haití, no solo por la carga humana que recibe, sino porque se reduce drásticamente el en­vío de remesas que representa casi el 35% de su producto inter­no bruto (PIB). El presidente Jovenel Moïse en un discurso reciente a la na­ción adv irtió que, una vez con­tenido el coronavirus, Haití se enfrentará a “muchos proble­mas” hasta el punto que teme haya una “hambruna” por los efectos colaterales de la emer­gencia sanitaria a nivel global. ¿Por qué es alarmante y pre­ocupante? Las pandemias han demostrado que las poblacio­nes más afectadas son donde vi­ve la gente más vulnerable, y la mayor cantidad de haitianos co­existen en la pobreza, con un al­to índice de desnutrición y per­sonas con VIH o tuberculosis, una población de riesgo com­parativamente más vulnerable que la nuestra y del resto del mundo. En el 2018, un informe reali­zado por la Fundación St Luke y el Centro Médico de Maryland señalaban que para aquel en­tonces en todo el país, con una población superior a los 10 millones solo había 90 camas para cuidados intensivos, y de ellas solo 45 contaban con asistencia respiratoria asistida, uno de los elementos esencia­les para los casos más críticos de coronavirus. Sin conjeturas, esta situación lo apuntala como un candidato inigualable para ser un “desastre sanitario” de consecuencias te­rribles, y más si la pandemia se vuelve incontrolable en un país donde su sistema de salud no sa­tisface mínimamente la pobla­ción, ni da abasto en circunstan­cias normales. Aunque el 17 de marzo, República Dominicana cerró sus fronteras y las diferen­tes puertas de acceso –merca­dos binacionales– como medi­da preventiva por la pandemia del coronavirus, el gobierno do­minicano implementó en co­ordinación con las autoridades de ambos países, un sistema de “venta-trasiego de mercancías” para mantener el abastecimien­to de productos alimenticios ha­cia Haití, como una especie de válvula de alivio, evitando así un estallido social producto de una hambruna colectiva. Finalmente, reconocemos los esfuerzos y los cuantiosos recur­sos invertidos por nuestras au­toridades gubernamentales, a fin de solidificar el espacio fron­terizo dominicano a lo largo de los 392 kms, para tratar de sal­vaguardar, proteger, preservar y cuidar el territorio, con tecnolo­gía, algunos tramos de vallas de protección y recursos humano, que no desmayan en el desvelo de su seguridad y defensa. Cuando todo esto pase, por­que Dios mediante pasará, no debemos bajar la guardia ni un instante. Hoy Haití más que nunca es una “bomba de tiem­po humana” por estar acorra­lada ante dos calamidades que podrían ser el detonante de una poblada hacia el Oeste de nuestra Isla en busca de ali­mentos y salud. Ojo avizor, continuemos duplicando nuestros esfuerzos y ayudán­doles, porque el problema es y será nuestro ante una co­munidad internacional indo­lente, que no se conduele ni les ayuda. Dios siga bendicien­do a nuestro noble pueblo.

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